Nota: Este es un viaje de siete días a los llanos orientales de Colombia, esa geografía complicada y desconocida para muchos (como yo), y cómo me ha marcado de por vida cada uno de los días donde estuve allí.

DÍA 1.
Sábado 15 de septiembre de 2018.

Atravesar las calles de Bogotá a las casi seis de la mañana de un sábado es la única forma de encontrarlas vacías. En esa mañana de sábado, los ánimos empezaban a multiplicarse a cada minuto. Al entrar al campus y a mi facultad, pude ver los buses, pequeños y cuadrados, en cuyos costados tenían el escudo y ese nombre que a todos nos da orgullo: Universidad Nacional de Colombia. En seguida, decidí encaramar las maletas y acomodarme como pude. Luego, pude escuchar ese ronquido de los motores al arrancar por primera vez y sentir que empezaba la aventura.

Las carreteras que conectan a Bogotá con Boyacá son amplias, de doble calzada y señalizaciones recientes, con interminables paisajes caracterizados por ser fincas con algunas vacas lecheras, árboles sembrados al azar y cultivos múltiples. Es decir, a pocas horas de esta ciudad cubierta de ruido y edificios, se pueden encontrar las tierras donde se produce lo que comemos los colombianos. Y en una de esas fincas, fue donde José Lucindo, un campesino boyacense clásico, bajito, de voz suave y pronunciación tímida, de rostro serio y expresión atenta; fue donde durante varios minutos y con una caminata corta, nos abrió las primeras puertas de este viaje que tallaría sobre nuestra memoria diferentes formas nuevas de pensar la vida. Y hablo en plural, porque en el grupo, dirigido por el profesor Alonso Correa, íbamos unos 37 estudiantes; y sé que muchos, sino todos, también sintieron este cambio de panorama y paradigmas, así de golpe.

Así pues, allí recibí el primer golpe sobre mis ideales citadinos, y gracias a eso se rompió la cáscara en la que la academia nos encierra y nos invisibiliza la realidad. Hablamos sobre pasturas de la región cundiboyacense, sobre las condiciones productivas de esa finca lechera y las vacas que allí había. Podría ahora detallar aspectos sobre las razas, los datos productivos que él nos regaló, pero estas palabras quieren ir más allá del mero dato estadístico que se puede encontrar en otros lados: estas palabras quieren plasmar las enseñanzas de vida que estos y los ulteriores momentos han dejado en mí. Uno de esos aprendizajes, fue observar la fuerza laboral que un campesino invierte todos los días: madrugar, ordeñar, caminar, soportar el sol y padecer el frío, sobrevivir a las heladas y los veranos inclementes y los inviernos imparables, arrear las vacas, saber rotar los potreros, entender sobre enfermedades a veces más que los veterinarios, ser consciente del cuidado medioambiental, estudiar geografía, climatología, zootecnia, veterinaria, agronomía, economía, sin un libro pero con los saberes que imprimen la tierra, los animales y el trabajo. Un sabio de esos que uno encuentra en Boyacá. Inevitablemente, con todo esto encima, mi familia vino a mi mente, la infancia de mis padres haciendo estos trabajos en condiciones de pobreza y mi familia saliendo del campo en busca de oportunidades hace unas cinco décadas. Pero ese es un tomo de mi historia que en otra oportunidad compartiré.

Posteriormente, ya habiendo proseguido nuestra travesía, almorzamos en Paipa, pasamos por Tota e íbamos rumbo a Yopal para dormir esa noche en algún hotel barato. Durante el resto de este día, pasaron por mis ojos algunas imágenes que hoy recuerdo como fotografías, es decir, como momentos que quedaron congelados en un solo instante para ser traídos futuramente. Los buses bajando por carreteras amenazadas por derrumbes, la lluvia tenue escurriendo por las rocas, las horas de viaje en el bus con los compañeros y amigos, la Laguna de Tota y su inmensidad soñando ser un mar, la familia estando lejos y los días que faltan por volver, los perros de pueblo siempre con hambre de caricias, la humedad del aire y el calor empezando a bañar la piel en Pajarito. Y guardo cada una de estas y otras más como fotografías, porque así pueden perdurar en el tiempo, inalterables y puras. Finalmente, la llegada a Yopal, Casanare. Mis pies por fin caminando aquellos departamentos colombianos que solo escuchaba en noticias por gracia del conflicto armado. Por fin acá, pensaba. Empezando a saborear esta geografía difícil, y adentrándonos en el Piedemonte llanero, esa hermosa pintura que la naturaleza ha demorado milenios en crear.

Continuará.
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