El señor Ferreira dedicó su vida a salvar animales de todo tipo y en todo lugar. Hoy está retirado, pero tiene un talento particular. Cuando va al odontólogo, al sentir dolor relincha como caballo. Mientras trota cada mañana jadea como perro. Si va a dormir siestas, se dobla y ronronea como gato. Cuando come, lo hace gruñendo como un cerdo. Mientras se baña, canta como ballena ―o como gallo si está animado―. Cuando es de madrugada, ulula como lechuza. Pero hoy, a las cuatro de la mañana, acaba de maullar como un lobo siberiano; algo fuera de la rutina a la que estaba yo acostumbrado a oír. Como yo vivo cerca de su finca, fui corriendo con una desconocida pero intensa preocupación. Justo cuando abrí la puerta de su vivienda, un par de alas semitransparentes, coloridas y poderosas―tan imponentes que todo sobre mí se tiñó arcoíris, tapándome la luna y las estrellas―, me empujaron devuelta haciéndome caer al suelo, bañándome en polen a su vez. Al incorporarme, vi de reojo que en la sala de su casa había un capullo de mariposa roto; confundido, di algunos unos pasos hasta que encontré en el cielo al señor Ferreira. En ese instante, vi lo más hermoso que jamás veré de nuevo: el señor Ferreira se alejaba de todo planeando tranquilamente entre las montañas, mientras el sol salía entre ellas bañándolas con sus primeros rayos; ante mis ojos, vi cómo se dirigía hacia la Cordillera Oriental en busca de otros cóndores.

FIN

5 de febrero de 2017.