En un silencioso, húmedo y espeso bosque, Fito elevó con solemnidad, gracias a sus poderosos y voluminosos brazos, su inagotable hacha cuyo mordaz filo hería de muerte a un viejo sauce. Perpetró varias estocadas sobre el cuerpo del árbol, quizá el más grande de todos por allí. Cada hachazo resonaba colosalmente como un golpe seco y corto que parecía llegar hasta el cielo. Esa noche, partes del sauce crujían víctimas del nutrido fuego de la chimenea; las otras partes yacían sin vida en la bodega de la cabaña. A la mañana siguiente, solo quedaba la herencia del fuego: cenizas cuyo humo se alzaba con el aire y danzaba entre los tímidos primeros rayos de sol.

Días después del anterior hecho ―fútil, podría pensarse―, Fito empezó a manifestar una incómoda tos seca que no le dejaba respirar en paz. Empeoraba cada noche, tanto así, que le era imposible dormir. Su piel empezó a resecarse de sobremanera y a pigmentarse de un color café. Sus pies empezaron a crecer de forma imparable y pronto ningún par de zapatos le calzaban como antes. La esposa de Fito, Sara, notó una noche la ausencia de su marido en la cama, algo que nunca había ocurrido antes; confundida, se paró y lo buscó por toda la casa, hasta que a través de la ventana de la cocina vio a Fito parado en el jardín, con los brazos abiertos, arrodillado, inmóvil, siendo empapado por una lluvia vigorosa. Ella no intervino, pues en la cara de Fito se veía brillar el júbilo incesante de quien encuentra un momento de lucidez divina. A la mañana siguiente, cuando Sara le comentó el extraño hecho, él no recordaba nada. De hecho, él respondió «no sé, tuve un sueño donde tenía mucha sed y solo podía tomar agua a través de la piel, con mis piernas y mis brazos, algo así sentí». Por ese extraño hecho y por los cambios físicos drásticos, Sara se sumía en la preocupación con el paso de los días; le insistía a su marido ir al médico en la ciudad. Pero él, terco y tratando de mostrarse tranquilo, se resistía.

A la par, Fito empeoraba. El ya maltrecho y envejecido Fito parecía estar en grave peligro. La mañana de algún 13 de noviembre, salió de su morada sin decir nada a nadie. Caminó una hora hasta que se encontró ―sin recordar que era allí― el “muñón” del sauce que hacía unas semanas había cortado. La asfixiante tos, la crujiente piel, los abominables pies y una pesadez inexplicable parecían romperle el cuerpo poco a poco. Parado allí, en cuestión de segundos, Fito se desorientó; sus pies dejaron de moverse, como si se plantaran firmes contra la tierra; sus brazos tomaron una rigidez abrumadora; luego, fue abatido víctima de la debilidad.

Cuando Sara Guillén salió en su búsqueda, desesperada y furiosa, trató de seguir los caminos dibujados en la hierba, trazados por las pisadas de su marido a lo largo de los años como leñador. Al cabo de unas horas, exhausta por su inútil búsqueda, se sentó en la hierba. Una lluvia suave y casi musical empezó a caer. Ella, recostada sobre un gigantesco sauce, escuchó algo parecido a un llanto tan triste y hermoso que le rompió el corazón. Sara alzó la mirada y contempló los poderosos brazos del árbol, atestados de hojas y musgos, tratando de cerrarse sobre ella y acogerla. Cerró los ojos para dejarse acariciar por las gotas de agua provenientes del cielo que, antes de caer en su rostro, resbalaban por entre las hojas del árbol. Mientras Sara seguía escuchando uno que otro lamento y llanto silencioso proveniente del árbol, ella susurró con una voz de consuelo, triste y dulce: “mi sauce llorón”.

FIN.

24 de febrero de 2017.