Hace mucho tiempo, el hombre cambió toda la pared frontal de la casa de la que no sale jamás, por capas interminables de vidrios. Él permanece adentro y nadie que esté afuera lo puede ver; él lo ve todo. Le gusta descifrar emociones en los rostros, las manos y los pasos de las gentes que transitan frente a él; gusta hallar emociones en los ojos y las bocas que observa detenidamente en todos los incautos que pasan por allí. Se siente Dios. Algunos pasan y ante los espejos se arreglan el cabello o se miran el rostro demacrado por culpa de la ciudad en que se marchitan inevitablemente, pero se dan unas palabras de aliento a sí mismos y siguen su camino. Cada día es igual al anterior. Excepto hoy: un joven acaba de pasar cargando un espejo gigante frente a la casa. El hombre, por primera vez en años ― ¿quizás siglos? ― se ha visto su propio rostro y se ha enloquecido. Acaba de bañarse, planchar su ropa, preparare café con leche, perfumarse, peinarse, cepillarse los dientes y alistar su maletín; y acaba de quebrar todos los vidrios que hacían de pared y ya sale a la calle, fundiéndose junto a esas gentes extrañas que se dan palabras de aliento a sí mismos frente a los reflejos estáticos, abominables, e inmortales que ofrece la ciudad.

FIN.

4 de febrero de 2017.