Dedicado a Mario Matallana y Jorge Vargas.

Es una tarea difícil la de encontrar personas que quieran contar la historia de El Gigante de la Jagua. Aquél pueblo huilense, conocido por sus tenebrosas historias de brujas y el silencio de sus calles invadidas por el calor, fue también hogar de Manuel Arévalo Benítez, mejor conocido como Zancudo, un hábil zanquero cuyo dominio de estos aparatos majestuosos adquirió desde niño. Y dicen, los pocos que me quisieron revelar algo sobre él, que fue tal su amor y devoción por ellos, que jamás se los quitó. Y ahí es, creo yo, cuando empezó la leyenda.

Los padres del muchacho Manuel fueron Jairo Cipriano y Luz Benítez, personas también hábiles en el arte de los zancos, los cuales no dudaron en enseñarle a su único hijo lo que más amaban hacer en la vida. A los cinco años el mozalbete se subió emocionado a sus primeros zancos que medían unos treinta centímetros nada más. Pasaron los años y además de aprender nuevas acrobacias en ellos, fue aumentando la medida de sus aparatos acrobáticos; tanto así que alcanzó a montar unos zancos que medían tres metros. La altura le era una cosa maravillosa, pues se sentía más cerca del cielo y del sol sin dejar de ser un mortal aferrado a la tierra. Ya la gente del pueblo lo saludaba con admiración al verlo pasar, pues lucía como una jirafa que camina pausada y tranquilamente por las sabanas desoladas e intrigantes, imponiendo, aunque sin infundir miedo, su admirable anatomía. Pero el tiempo es inclemente, arrasa con lo vivo sin piedad ni aviso;  las enfermedades rara vez perdonan a sus hospederos y, de todo esto, es la niñez la que más resulta agobiada sin merecerlo y sin darse cuenta. Primero su madre, la de ojos níveos como decía su papá Jairo, pues la consideraba tan sabia como la diosa Atenea. Y después su padre, que le dijo adiós con la tranquilidad que solo puede tener el agua, mientras le besaba la frente. A la edad de diecinueve años los padres de Manuel ya no estaban en esta tierra. La Jagua estuvo de luto, pues partían dos ángeles que si bien no se robaron el fuego y lo trajeron a este pueblo olvidado, sí pareciera que hubieran robado el arte a los dioses y lo hubieran mostrado a unos mortales maravillados e ignaros frente a estas manifestaciones del alma que usan como herramienta el cuerpo.

Manuel Arévalo, tan joven y cándido, cayó agobiado sin retorno por la partida de sus seres más amados. Decidió que no volvería a desamarrar las correas de los zancos que ellos le regalaron. Ese era el único recuerdo físico y espiritual que había quedado de sus maestros de vida, aquellos zancos se aferraron con el tiempo, literalmente, a la piel de sus piernas.

El pueblo entero se daba cuenta, con el paso de los años, que Manuel Arévalo cada vez salía menos a la calle, y cuando lo hacía, salía sobre los dos largos palos de madera bajo sus pies. Nunca lo irá a superar, se preguntaban a cada tanto los de La Jagua. La generación que vivía allí era ya muy vieja y pocos de los habitantes tuvieron hijos, así que empezaron a desaparecer uno tras otro año por año, quedando cada vez menos habitantes y haciendo del pueblo una estancia más desolada y arrojada al ardiente sol. Ya no estaban sus padres, y cuando salía se enteraba que también los vecinos que conoció en su niñez, fueron desapareciendo de repente.

Luego de años llevando esos artefactos puestos, no le pareció raro que por momentos las piernas le dolieran; una comezón  y un ardor insoportable en cada pierna le agobiaban a menudo. Ah, debe ser por estas correas de cuero, nunca me las he quitado y se han de haber podrido o algo, se decía. Primero, lo sintió de forma superficial, en la piel nada más. Luego, en la carne, en los músculos que se le contraían del dolor. Después, casi que sentía el malestar acechándole el centro de las piernas, el hueso, los nervios. Tuvo que quedarse en cama un tiempo prudente, pues cómo diablos iba a caminar en semejante estado. Fueron semanas de padecimiento. Pese a la tenacidad con que había sido educado y el juramento que se hizo a sí mismo en memoria de sus padres, estuvo a punto de agarrar un cuchillo y cortar las correas que lo enloquecían y desesperaban. Lo hubiera hecho, pero una mañana, cuando se despertó resignado a enfrentarse de nuevo a su martirio cotidiano, se dio cuenta que el dolor y la picazón habían cesado por completo. Ah, qué alivio divino, dijo tomando aire. Pero cuando se intentó levantar, por más que lo intentó, no pudo. Al quitarse el pantalón harapiento que hace quién sabe cuánto tiempo no se cambiaba, se vio su pierna.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Cada pierna ahora le medía dos metros. Los zancos ahora hacían parte de su pierna. Eran sus piernas. Cuando tocó a lo largo de cada zanco, en toda su longitud pudo sentir el tacto y el roce de sus dedos, como si estuviera tocando la piel de su propia pierna. No le quedaron dudas pero sí una gran impresión. Como el áspid asfixiando a su presa, así habían quedado sus piernas atrapadas luego de tantos kilómetros andados sobre los zancos, y estas no tuvieron más remedio que aferrarse a los zancos de madera y a ser penetradas y entrelazadas para volverse una sola extremidad. Me pregunto qué dirían tus padres, Manuel, si te vieran así…

Nacieron los rumores. Pequeños susurros al oído de las gentes mientras miraban la casa de Manuel de reojo, esa casa donde hace un mes no se abrían la puerta ni las ventanas. Incierto. Creyeron que por el abrasador sol y la implacable lluvía, sumado a la ausencia de un cuidado básico y mantenimiento necesario, la casa se caería sin más, llevándose todo recuerdo definitivamente. Por la noche, cuando en La Jagua silban sus habitantes permanentes, las brujas, sobre los tejados de las casas y los establos, es natural que nadie salga a las calles ni que asome la nariz por las ventanas. Pero Manuel, tan ajeno a esos mitos, decidió salir, aprovechando la oscuridad absoluta que le proveía el cielo nubado. Había decidido abandonar todo vestigio con el que convivía, desligarse de recuerdos de su vida que en realidad estaban muertos irreparablemente e irse a los campos aledaños a hacerse amigo de la soledad. Ya no necesitaba más de objetos pasado, si este mismo ahora estaría dentro de sus piernas por el resto de su vida.

Plash. Crujido de maderos y tejas dobladas y vidrios quebrados. Se cayó la casa por fin. Nadie fue a mirar quién había quedado debajo de los escombros pues ya sabían que Manuel Arévalo se había marchado hacía buen tiempo. El pueblo tarde o temprano tenía que despertar, y por fin lo hizo al notar la ausencia de los que hicieron vibrar la vida con música tropical y espectáculos aéreos imposibles para todos, el pueblo se dio cuenta que el único que quedaba de eso se le estaba yendo, que pronto quedaría extinto en La Jagua todo rastro de arte; y esa alarma le permitió, justo a tiempo, rejuvenecerse un día y volver a florecer: nuevas generaciones de curiosos y exploradores vinieron a conquistar las miradas llenas de asombro de todos. Estos nuevos conquistadores, maravillados por las historias de sus mayores, se enrumbaron por caminos inhóspitos, con pasos de gigantes.

A Manuel Arévalo lo llamaron Zancudo porque las últimas veces que fue visto en el pueblo mismo, su cuerpo lucía pequeño y frágil, su cabeza se escondía entre su cuerpo, tímido pero sigiloso; además, sus piernas lucían de una longitud increíble, y cuando las flexionaba para dar pasos lo hacía con suma suavidad y precisión, diríase que aún midiendo tres metros de altura podría caminar solo sobre pepas de café sin fallar el paso en ninguna. Zancudo parecía ser invisible de día, precavido, inmóvil ; era de noche cuando podían verlo rondar por estos lares, ligero como la frescura del aire, con sus movimientos hermosos que parecían darle el poder de la levitación y el regalo divino del vuelo.

Según me contaron, hoy en día se le puede ver cabalgar allá por donde se dibuja el horizonte. Me dijeron los lugareños que lo espere aquí; tal vez se aparezca y tenga que restregar mis ojos al verlo tan borroso (no sé si al estar tan lejos o por la incredulidad de un evento así), ejecutando su paso majestuoso y lento. De algo estoy seguro si lo veo: no pensaré en él como Zacudo, pues sería invocar en mi mente un insecto que todos queremos aplastar al verlo, sino como lo que es verdaderamente: una enigmática leyenda viva que se alza más gigante que la misma muerte.

FIN.

24 de junio de 2014.