“La selva y la lluvia” es una novela escrita por Arnoldo Palacios en 1958. Fue publicada en ruso por esos años, y solo hasta este siglo es publicada en nuestro idioma y traída a Colombia, donde está inspirada. Cuenta con un halagador prólogo de Enrique Santos Molano.

Leyendo esta monumental y desconocida obra, he viajado al Chocó y ahora siento que he vivido allí durante años. El título es solo un esbozo de la gran pintura que Palacios narra en cada frase; él pinta el paisaje chocoano más hermoso que puedas ver alguna vez a través en sus delicados párrafos. En líneas breves conoces este departamento del pacífico que, a pesar de que los hechos transcurren hace décadas, hoy esta tierra y su gente permanecen en condiciones muy parecidas: pobreza, violencia, desnutrición, musicalidad, fiesta, compañerismo.

En las primeras páginas, una escena me dejó la sangre helada: un niño negro trepa a los árboles de esta densa selva, huyendo aterrorizado de su padre, luego de que este encontrara en la corteza de un árbol unos signos extraños que, no obstante, sabía que eran letras del alfabeto: el niño era perseguido con la correa por querer aprender a leer y soñar con ser profesor, en una región donde las únicas palabras que existían eran las que nacían al hablar.

Son muchos personajes los que van surgiendo en la obra, unos enlazando a otros, metiéndolos al ruedo para luego irse y desaparecer; se van transformando los luguares que pisan y van viajando entre ellos en breves parpadeos: pasan del Chocó a Bogotá, saltan a los llanos orientales, van a campos lejanos y desconocidos, y vuelven a culminar en esa Bogotá lluviosa, fría, con gente vestida al estilo inglés; esa Bogotá que terminaría ardiendo en 1948 y cuya violencia partiría en dos la historia del país. Y claro, sus personajes inmersos en esa ciudad ardiente y peligrosa, socavando los problemas para encontrar salidas inesperadas.

La belleza y la muerte están presentes siempre. Con la misma intensidad y la misma melodía. En las sencillas palabras de esta obra se puede respirar el aire húmedo y caluroso de Quibdó, escuchar los pasos y las tazas de café de la multitudinaria Bogotá, escuchar el galope de docenas de caballos atravesando el desolado llano. Asimismo, hallarás muertos que fueron acribillados a sangre fría, sin importar edad ni sexo, color ni estatus. Todos hacen parte de ese hermoso paisaje colombiano y de esa horrible y cruda historia que a veces parece irremediable.

Por favor, si usted me está leyendo, búsque esta inmensa obra y léala y compártala. Báñese con esa poesía escrita hace seis décadas, inspirada en las selvas y las ciudades y en el hombre que habita en ellas.

 Calificación: 9.0/10

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