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Jamás en mi vida he sentido tanto frío ni soportado un invierno tan hostil como este; la calefacción de mi casa no funciona hace meses y una nieve espesa ha sellado la puerta y todas las ventanas. Estoy encerrado y estoy viejo: no tengo cómo salir. Por otro lado, ha ocurrido algo bueno: he culminado toda mi obra literaria esta semana. Puedo acreditar la autoría de numerosos libros de novelas, cuentos y poesía. La suma de todas estas páginas, una sobre otra, permite construir una sólida torre de papel de medio metro. Es mi obra: toda mi vida entregada a estos volúmenes y días enteros de trabajo. Es mi trabajo: cantidades de tinta, montañas de papel en blanco, horas y horas de estar sentado partiéndome la cabeza, innumerables cajas de cigarrillos, una gastritis y tres horas de sueño diarias. Nunca, ninguna editorial a lo ancho de esta nación, ha aceptado leerme y publicar mi obra. Tengo una caja atestada de cartas de respuesta donde me dicen “gracias, pero no”. Ninguna ha aceptado publicarme. Estoy viejo y ya no puedo leer bien, mis ideas están secas y mi salud resquebrajada. Ahora, para empeorar el panorama, encerrado e incomunicado en mi propia casa. Tengo una chimenea la cual debo alimentar con algo para no morirme de frío. Jamás había sentido tanto frío. Los últimos leños de madera ya están hechos ceniza y emanan una incipiente llama con humo serpenteante; no tengo cómo nutrir el fuego y ya estoy tiritando de frío. En fin. Es verdad, no queda madera, pero tengo una buena pila de papel de medio metro que prende rápido. De todos modos, ninguna de esas historias ha sido publicada y revelada a otros por medio de impresiones masivas, lecturas en voz alta, ferias de libros ni difusión publicitaria, nada de eso; es decir, que nunca existió.

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9 de mayo de 2020.