BIOGRAFÍAS OLVIDADAS

Cuando Saramago daba su discurso al aceptar el Premio Nobel de Literatura, sentenció: «el hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir», refiriéndose a su abuelo.

En cualquier librería del mundo solemos encontrar libros voluminosos cuya portada revela que esa cantidad de páginas están dedicadas a recopilar y narrar la vida —o parte de esta— de un hombre o una mujer, por diversas razones. Suelen ser sobre personajes considerados importantes en la historia de la humanidad o de un país, región o circunstancia: presidentes, escritores, científicos, líderes y un largo etcétera., desde Hitler hasta Gandhi, pasando por Einstein.

Sin embargo, pienso recurrentemente en todas las otras personas cuyas vidas son una pila de acontecimientos fantásticos que fácilmente podrían nutrir volúmenes de libros de aventura, ser la esencia de series cinematográficas, ser protagonistas de libros biográficos o figurar en las enciclopedias bastas y virtuales que hoy dominan el internet. Pero que no podrán ser nada de eso, pues han sido considerados ordinarios, poco llamativos, comunes y hasta indignos para figurar allí.

¿Por qué considerar inenarrable la vida de un hombre que ha padecido la miseria y el hambre y luego de superarlas ha construido un hogar y se gana el pan diario honestamente sin mayor fama o admiración? ¿Por qué no recopilar la vida de una mujer negra que ha visto miles de atardeceres en el horizonte del Pacífico y sobrevivido a las enfermedades tropicales y masacres escalofriantes de aquella región olvidada? ¿Por qué no considerar dignos de una biografía la vida sencilla y tranquila que llevaron nuestros abuelos campesinos, nuestros tíos panaderos y carpinteros, nuestras madres modistas y cocineras, nuestros primos conductores y obreros? ¿Por qué no dejar de encajarlos simplemente bajo estos adjetivos comunes y darles su merecido nombre, su rostro único y su propia voz?

Más allá del éxito comercial en ventas y difusión —objetivos que no siempre han de primar en una obra—, se puede pensar en construir unas páginas que narren la vida y todo lo que atañe a esta, de esos personajes cercanos y diarios que construyen lo que somos como sociedad. Que hacen parte de tu vida y la mía y la de todos cada día. Quizás es un idilio brumoso de mi parte pensar que en los estantes junto a biografías bestsellers, pueda reposar la biografía de tu tío que huyó del campo hasta Bogotá para ser un panadero que se levanta a las 4 am desde hace 30 años y llevar el sustento a casa. Quizás. Quizá sea una tarea quijotesca sentarse a contar los múltiples oficios que esa persona ha desempeñado con destreza, plasmar su opinión sobre la metamorfosis de Bogotá bajo sus ojos y desahogar, por fin, las penas y alegrías que siente como habitante de este país en que nació.

En alguna biblioteca imaginaria han de reposar las biografías olvidadas que nunca fueron escritas y mucho menos impresas, de toda la gente que ya ha muerto y ha sido sepultada por el olvido, de todas las personas que han vivido mil aventuras, pero no han tenido voz ni palabras para dejar huella de eso en páginas en blanco. Pienso en la vida y obra de mi abuela Lucrecia que nunca pudo escribir pero que supo narrar y me he dado la tarea de recopilar para sembrar un árbol de memoria. Pienso en las palabras de Saramago sobre su abuelo. Pienso en todas esas personas que nunca podrán contar su historia y esta quedará para siempre olvidada bajo la arena implacable del tiempo.

3 de mayo de 2020.