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Ningún deber se valora menos entre nosotros que el deber de ser felices, dijo Stevenson en un libro dedicado al ocio (Apología al ocio, 1876).

En épocas remotas de otras pandemias (sea bubónica, colérica o española) las poblaciones debían recluirse en sus casas igual que hacemos hoy en día; son incontables los millones de muertos que dejaron. Además, los mensajes tardaban días en llegar: a caballo desde siempre y en telégrafo y teléfono a posteriori. Hoy somos capaces de transcribir estas palabras a cualquier parte del mundo en segundos. La ciencia ha avanzado a pasos de coloso imparable.

No obstante, la velocidad a la que vivimos es, como expone Kundera en La Lentitud (1995), algo casi insostenible. Sientes que un día sin trabajar, estudiar, leer o crear es un día perdido y tiempo irrecuperable. Nada más equivocado que eso. El dormir que repara tu cansancio, el hablar que recompone tu círculo social y el simple hecho de ver caer la tarde en silencio son eventos que, inexorablemente, hacen parte de la vida. Así mismo, tienen su papel cotidiano no menos importante que leer un capítulo de medicina o repasar un idioma extraño. En esa misma obra Kundera nos advierte: Cada nueva posibilidad de la existencia, incluso la menos probable, transforma la existencia entera.

Se han postergado los viajes y aplazado muchos proyectos, se han quebrado sueños y se han roto esperanzas de progreso. Ha muerto gente y el mundo yace paralizado. Es cierto. Lidiar con problemas de tal magnitud requieren de atención múltiple. Pero hemos llegado hasta aquí luego incontables naufragios, muertes de seres queridos, decepciones y desdichas inenarrables en su momento; hemos llegado hasta acá sorteando malos episodios, malas noticias, puertas cerradas, enfermedades peligrosas y accidentes varios. Estamos de pie todavía y buscamos proteger la vida y la salud mental y física de los nuestros. Cada uno desde su profesión y labor diaria, en cada región existente, pone una mano para sostener al mundo, como el dios Atlas.

Dijo el premio Nobel Joshua Lederberg sobre las enfermedades infecciosas emergentes: es nuestro ingenio frente a sus genes. No sólo es una carrera contra un virus y una enfermedad. Parte de este ingenio consiste, por qué no, en buscar cumplir el deber impostergable de cómo ser felices. No ha de entenderse esto como sonreír a toda hora y sentir el corazón henchido de algarabía. Cada quién anda buscando durante su existencia en saber qué compone su felicidad. Para algunos se traduce en tranquilidad o aprendizajes, para otros en placeres o descanso. No hay fórmula para definirla, ni para hacerla duradera o eterna; ni poción para evitar las tristezas, la sensación de derrota e incluso la depresión. Son emociones inherentes a nosotros como seres humanos. ¿Para qué idealizar este momento terrible de la historia diciendo que pasarán cosas buenas cuando ha muerto tanta gente? Quizá pasen algunas que nos reparen como sociedad. No se trata de simplificar la situación a eso. Sino de sentar los pies en la tierra y dedicar nuestra energía a mantenernos en un estado de bienestar, como podamos y siempre que lo recordemos. Dice Victor Frankl en su magnánima obra El hombre en busca de sentido (1946): cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos

Desde donde estés leyendo este mensaje, fuerza.

26 de abril de 2020.