La vida, dijo Emerson,
consiste en lo que un hombre piensa todo el día.

Henry Miller.
Trópico de Cáncer, p. 65.

A lo largo de la historia humana un sinfín de civilizaciones han indagado en lo más profundo de sus pensamientos sobre la idea de aquello que llamamos tiempo. Hoy en día existe asimismo un abanico de definiciones plausibles dadas por cada profesión o filosofía. Es más: probablemente cada ser humano tenga una definición clara y propia de lo que es el tiempo (no tenerla también es válido). Los físicos (y todas las ramas que de aquí subyacen) han de tener ya en sus pesados libros múltiples interpretaciones de esta idea; también los matemáticos, los biólogos, los arqueólogos; necesariamente los historiadores, filósofos y cronistas; prácticamente también los cocineros, los economistas y los ingenieros. Los gramáticos y filólogos, por supuesto. Etcétera.

Ahora bien, es claro que hoy en día y desde hace algunos siglos hemos recurrido a los relojes y los calendarios. Prueba de ello son los calendarios gregoriano, juliano, hebreo, maya, musulmán, chino, solar, hindú, babilonio… y la infinidad de relojes que yacen actualmente en las torres de las iglesias justo bajo el campanario, en nuestras muñecas, en todas partes. Simplemente es una noción rápida y concisa del tiempo que hemos dividido en partes iguales bajo el sistema hexadecimal. Todo lo anterior son tecnicismos.

A lo que quiero aquí referirme es al pasar de la vida. A esa inmanejable percepción de que algunas veces nuestra vida transcurre demasiado rápido y otras veces demasiado lento. Unos días los percibimos monótonos y otros enrarecidos. Me refiero a esa amplia gama de sensaciones que nos genera el transcurrir de nuestras vidas, a ese tiempo que pasa de forma irrefrenable, ineludible e inesperada. Miramos hacia atrás y algunos recuerdos lucen lejanísimos y borrosos; otros regresan a nosotros como algo fresco y casi real. Dirigimos la mente hacia adelante y hay un infinito de mundos posibles por vivir.

He pensado en los últimos días que mi temor infundado al abordar pensamientos sobre el futuro, es olvidado cuando me escondo entre textos de historia y anécdotas antiguas. Es decir: le huyo al futuro escondiéndome en el pasado. Pensar en el futuro, sea lejano o próximo, me agobia. En cambio, leer sobre el pasado, indagar la historia de poblaciones antiguas, personajes hoy extintos, me reconforta. No presumo de psicólogo o psicoanalista ni en lo más mínimo. Pero sospecho que tal vez lo hago porque le temo a lo incierto (el futuro) y me resguardo en lo seguro (el pasado).

Indistintamente, sea por cualquier razón, lo cierto es que me intrigan estos pensamientos que buscan entender qué es el tiempo; comprender qué es esto que estoy viviendo ahora; averiguar qué significa duración, temporalidad, efímero, eterno, segundos, eones, respecto a mi ser. Pienso a veces que soy una partícula insignificante flotando en un universo infinito e imparable; que soy un instante imperceptible que hace parte ínfimamente en lo que definimos como eternidad. Lo bueno de estas dos cosas es que me indican algo: que soy y que soy parte de algo, es decir, de alguna manera me dan un significado de mí mismo, así este sea ignoto. ¿Una afirmación ingenua y sin sustento? Quizás. Por ahora me inyecta calma.

Me he dado cuenta que para mí es más fácil pensar en los que murieron y dejaron huella porque puedo observarla y estudiarla, que pensar en los que no han sido y cuya huella me será vedada de todas las formas posibles, incluyendo la mía pues no sé, ni yo ni nadie, lo que nos espera incluso mañana. Es menos doloroso pensar en los sufrimientos que ya terminaron que imaginar los que vendrán. Sembrar en mi espíritu la remembranza de momentos pasados que fueron felices que ver la desolación que caracteriza el paisaje del futuro. Poder valorar lo que he podido aprender hasta hoy que lo que para siempre ignoraré y no podré conocer.

Sea como sea la filosofía que siga, seguiré consultando el secundero del reloj y tachando los días del calendario romano en que basamos nuestras vidas. Seguiremos planeando la vida para mañana, una semana, meses, años y décadas. Sin embargo, mientras transcurren todas esas jornadas equivalentes unas con otras, ha de explotar nuevamente los ánimos para sentarme a pensar: ¿qué es el tiempo? He hablado (desvariado) hasta aquí netamente de la idea del tiempo como parte de la vida. Pensar en el tiempo y en la muerte merece palabras aparte. (Si es que las puedo hallar). Por ahora, también me conformo con medir el tiempo con la música, los encuentros familiares y amistosos y los instantes de tranquilidad y paz.

4 de marzo de 2020.