Lejos en tierras ignotas -por mí- y desérticas
se ha secado la tinta
que bañaba el cañón de tu pluma.
Quedan, como siempre ha de ser
las palabras exactas y prolijas
con que narraste mil historias
dignas de vivir en el papel.

Rompe el silencio de esta hora fría
el rechinar de la silla donde aguardo
el sonido seco de estas páginas
-frágiles, antiguas y viajeras-
que esconden tus palabras.

Te leo y miro a la ventana:
el cielo se hace minúsculo
y enmudezco bajo esta lámpara.