INTENTOS

Jaqueline lo ha propuesto y me ha convencido. Una vez más. Al llegar, ella misma ha puesto en la grabadora música de jazz en una emisora que desconozco. Nunca escucho radio. Ella misma ha sacado un paquete de hojas, me ha dado una junto a su bolígrafo y se ha ido a la cocina para traerme café. Lo ha servido en su taza favorita, me ha dado un beso en la mejilla y ha abierto las cortinas. Le he insistido que no funcionará. No le importa y me dice:

—Piensa, iré a fumar.

He recargado los codos sobre el escritorio y entrecruzado los dedos. La observo fumar y observo el remolino que forma el humo en cada bocanada espirada, desapareciendo en el aire gélido de esta gran ciudad. Estamos en un piso tan alto que, de vez en vez, sentimos el edificio balancearse suavemente. Afuera un murmullo tenue permanece, una entremezcla lejana de sonido de pitos, motores diésel y gentío.

Después de media hora la hoja sigue en blanco. El olor a tinta permea el ambiente. Jaqueline se ha ido al sofá y se ha dormido sin más. Doy un par de sorbos más de al café que ya está frío. La suma de esta quietud extrema y una monotonía promisoria me generan una náusea. Decido apagar todo, recoger mis cosas, ponerme el abrigo. Doy un vistazo a la ciudad infinita que ya enciende sus luces a medida que se apaga el sol; cierro la puerta de cristal que da al balcón y las cortinas. Apago la radio, tomo el bolígrafo y sobre la hoja todavía inmaculada escribo: “no funcionó”. Miro a Jaqueline por última vez y salgo.

FIN

23 de diciembre de 2019.