Hace meses mi hermana me regaló un portátil para suplir esta necesidad moderna de tener computador, más aun si se lleva una vida universitaria. Luego, mi hermana me regaló un celular nuevo, para suplir esta necesidad de mantenerse vivo en redes sociales; posee una cámara potente, un sistema de última generación, un diseño innovador. Tiene todo. Tengo todo. Por otro lado, con mi primer sueldo me compré ropa, zapatos, mucha comida y regalos para mis amigos y familia. Mis papás me regalan dinero todos los días todavía.

Todos los elementos anteriores son cosas que deseé cada día, muchas veces. Observo que son elementos que deseamos todos los días: computadores, celulares, ropa nueva y ojalá de marca, cenas y almuerzos exuberantes. Nos encanta salir de tiendas cargados de bolsas, mostrar las etiquetas de la ropa, presumir las tecnologías adquiridas, tomarle fotos a nuestras comidas, saciar ese deseo de mostrarles a todos lo bien que estamos.

Ahora que tengo todo eso en mis manos, me siento el hombre más rico del mundo. Pero me pregunto: ¿y ahora qué? ¿Me hace falta algo? ¿Me sobra algo de todo esto? ¿Qué tan necesarias son todas estas cosas para vivir? ¿Soy más que el mendigo que sobrevive con su ropa, cobijas y sus perros en la calle? ¿El mundo no me dice cada día que esto es lo que debo tener?

¿Amargado? Quizá. ¿Hipócrita? Tal vez. Al fin y al cabo escribo todo esto desde ese computador, mientras escucho música en ese celular, después de haberme quitado esa ropa nueva y de haberme descalzado esos zapatos aún relucientes. Termino estas palabras aún con la cena de esta noche siendo digerida por mi estómago. Lo que no puedo digerir completamente son estas preguntas sin respuesta única.

27 de julio de 2019.