A mi abuela Lucrecia Sáenz.
Una dedicatoria de tantas que merece.

Este semestre académico pasé todas mis materias. No fueron fáciles. Menos en este semestre anormal, cuyo calendario estaba alterado y no permitió vacaciones ni descanso del anterior. No solo pasé las materias, sino que sus notas fueron altas y aprendí bastante, lo cual realmente es lo que más importa. Pero esto no es ninguna novedad, sino una repetición de lo que es cada periodo académico. Sin embargo, en este pasó algo diferente.

El nivel de exigencia aumenta a medida que se avanza. Eso es claro. Solemos entrar a vivirlo con el mayor vigor mental, emocional y físico. Son cuatro meses de inagotable trabajo. Este semestre fui elegido como estudiante becario del laboratorio de parasitología veterinaria. Además de mi horario de materias, estudiar para exámenes y tiempo para mi familia, tenía que disponer 20 horas a la semana para trabajar en el laboratorio. Era agotador. Aprendí mucho y el ambiente fue siempre bueno.

Hasta aquí sigue siendo una nimiedad. El evento que realmente marcó mi vida para siempre fue la muerte de mi abuela Lucrecia Sáenz el 20 de abril de 2019. Cuando llevaba 20 días de clases. Todo se vino al piso: mi salud física, mental y emocional. El deterioro me carcomía cada día. Pensé abandonar todo, encerrarme en mi casa y dejar que todo pasara. Sin embargo, me levantaba cada día. Fueron semanas de muchos cambios emocionales, golpes fuertes. Fue estrellarse contra la vida y la muerte y recibir una paliza de ambas.

De mi abuela aprendí muchas cosas invaluables. Para este caso quiero mencionar dos especiales: su fuerza y su capacidad de amar.

Me levanté todos los días. Pensé en su rostro. En su infancia de maltrato, en su adolescencia de trabajo y su adultez de pobreza y escasez. Pensé en cómo esa mujer, iletrada, sacó adelante una familia de 7 hijos en medio del campo colombiano. Y yo, un niño acomodado perteneciente a una universidad de renombre, sentía que no me podía parar. Me daba pena, me abatía, me sentía indigno de llevar su sangre guerrera. En esos momentos de flaqueza mental, respiré y mi cuerpo se llenó de su vitalidad. Me despertaba, levantaba mi cabeza y me miraba en el espejo: adelante.

También fueron días de difícil entendimiento para ese huracán de sensaciones internas que deja la muerte de alguien amado. Me llené de furia, rabia, ira. Me perdí en ese bosque de tinieblas, miedos y dolores. Me dejé hundir. Lastimé gente, me lastimé a mí mismo. La vida me lastimó y yo quería lastimarla en todas sus formas de expresión. Pero recordé el rostro de mi abuela: siempre amoroso, atento, frágil, vigoroso.

Ay, Abuelita… se me colmó de amor la sangre y disminuyó su ardor. Se me llenó de cariño la mirada y se esfumó la de rabia. Se me inundó el pecho de su vigor y pude volver a abrazar y besar. En mi alma vive la suya. En mis palabras late su corazón. En mis acciones buenas perdurará su memoria y mis acciones nocivas se reprenderán con sus enseñanzas.

Hasta ahora son los primeros pasos de nuevo hacia la luz.