Natalia, mundo mío.

 

He contemplado muchas lunas
en diferentes fases
con el cielo espléndido o nublado
y en cada una de esas noches
un suspiro brota de mi pecho
y mis ojos se pierden en el tiempo.
Noches de confort.

Recuerdo varios soles radiantes
unos suaves y tibios
otros intensos y luminosos.
Recuerdo tu sombra junto a la mía
alargándose, distorsionándose
fusionándose y desapareciendo,
sombras tomadas de la mano.
Tardes de sol.

Camino estando solo
y en cada paso resuena tu voz.
Cierro los ojos y viajo al azar
a parajes variados y equidistantes
y en todos estás ahí
poblando cada rincón con tu presencia.
Lugares en la memoria.

Tu nombre está tallado
en cada árbol frondoso
en cada lluvia repentina
en cada museo silencioso
y en cada biblioteca escondida.
Estás forjada con todos mis sueños.
Habitas cada café concurrido
y pueblas cada libro de poemas.
Estás hecha de todos los colores
y tu cuerpo es una danza milenaria.
Tu boca, néctar de todas las frutas;
tu piel, perfume de todas las flores.
Tus ojos son cristales forjados por el fuego
y tu corazón una fuente de pasiones indescifrables.

Estás en la cumbre más deseada
y cada día quiero conquistarla.
Estás en mares azules e infinitos
donde quiero navegar sin brújula.
Estás en bosques espesos
donde quiero caminar sin retorno.
Estás en toda la música
que quiero cantar de por vida.

Sabes a café, chocolate, manzanas
alcohol, humo, agua, fresas,
lluvia, helado, mujer.

Espero con ansias cada fin de semana,
cada encuentro, cada llamada.
Eres la medida de mi tiempo:
efímero cuando te veo
y eterno cuando estás lejos.
Eres la fuerza incontenible
que me saca del fango
que me inspira sonrisas
y que me acelera el corazón.

Eres esa luz desconocida
con que muchas veces soñé:
acercándose, tímida y lenta
borrando toda la oscuridad
en cada firme e indetenible paso.
Eres luz, aunque te rodee la oscuridad.
Eres esa llama inagotable
que enciende el fuego de mi vida.

18 de diciembre de 2018.