Dionisio Guevara iba sentado en el destartalado bus camino a Pradera, su vieja tierra natal de la cual huyó hace años por la miseria que un día arrasó con el pueblo. Sudando y maloliente, estaba en la silla junto a la ventana, y su mirada apuntaba a través del cristal empañado hacia el infinito desierto, esa tierra hostil cuyas piedras parecen repetirse sin fin a medida que va atravesando. Cuando el ayudante de la ruta pasó por su puesto a pedirle los diez pesos del pasaje, se dio cuenta que no tenía ni donde caerse muerto; le habían robado las últimas monedas en la terminal de transporte. El conductor, malhumorado por el insoportable calor y el eterno viaje le obligó a bajarse; los demás pasajeros apoyaron la idea pues el bus iba lleno y quedaría un puesto libre. Quedó parado al borde de la carretera desolada, portando tan solo su ropa y una mochila sucia donde cargaba su flauta de madera.

Para llegar a Pradera no hacía falta mucho trayecto, aunque culminarlo a pie sería una ardua tarea. Las esperanzas por ver pasar otro carro eran nulas, pues el bus del cual fue echado era el último del día. Sin más remedio, Dionisio Guevara empezó a caminar, pateando piedras a su paso, incrédulo de su mala suerte y fastidiado por el brillo enceguecedor del sol. Para matar el tiempo, sacó su flauta y se fue por el camino tocándola, entonando canciones que sabía desde niño. Tocó y el sonido se esparcía como el polvo navegando entre las brisas.

Cuando el calor había bajado y la oscuridad empezaba a tragarse los últimos rayos de luz, se topó con una sorpresa. Dionisio detuvo su marcha. Frente a él, un escorpión se había detenido. Sin ningún temor, se agachó para mirarlo mejor. Lucía tranquilo, sin exhibir su poderoso aguijón, sino al contrario, en una postura que podría llamarse dócil, además de que permanecía inmóvil. Dionisio no le dio mayor importancia; siguió caminando. Al retomar su interpretación de flauta, notó que varios escorpiones salían de las piedras cercanas e iban hacia él, con un orden diríase militar. Paró de tocar su flauta y los miró. También estaban inmóviles, como si esperaran que él les dictase una orden. Prosiguió su canción y llegaron más. Cuando estaba por terminar de interpretarla, sabía que el final era la parte más difícil. Sin embargo, la ejecutó de forma impecable y una nota algo extraña (por su agudo, prolongado y vibrante sonido) que debía hacer sonar de últimas, convirtió de repente a todos los escorpiones en figuras de oro. Ya con la noche en su esplendor, la media luna hacía brillar los escorpiones de oro; relucían como un sol cada uno.

El flautista andrajoso se arrodilló incrédulo, y con un leve temblor de mano tomó a uno. Lo examinó y lo mordió: efectivamente era de oro. Sus ojos casi saliéndose de sus órbitas, brotaron en lágrimas y un grito efusivo que escucharon todos los coyotes del desierto no se hizo esperar. Dionisio saltaba de alegría, daba puños al aire y daba gracias al cielo. Empezó a tomar cada escorpión y guardó cuantos pudo en su mochila hasta que estuvo atiborrada y en los bolsillos de su pantalón hasta que escupían figuras de oro con cada movimiento. Siguió caminando con paso esta vez más presuroso y con las lágrimas bañándole la tierra de las mejillas.

Cuando amaneció, vislumbró su pueblo natal ya muy cerca. Sin dudarlo, fue a la plaza del pueblo y rápidamente cambió varios escorpiones de oro por dinero. Con todo lo que recibió, lo gastó en lo que cualquier otro mortal lo haría: comida, ropas nuevas, bebidas y esa misma noche en un burdel. Al día siguiente, con lo que quedaba alquiló un caballo pura sangre. A mediodía partió hacia el desierto nuevamente, para conseguir más escorpiones de oro.

Cuando llegó, con el sol despidiéndose ya, se bajó del caballo y empezó a tocar con su flauta la misma canción. Nuevamente, los escorpiones empezaron a aparecer frente a él y se formaban en círculo alrededor, quedándose luego inmóviles. Y en esa nota clave, se convirtieron en oro. Esta vez, acompañado con maletines, Dionisio guardó aún muchos más y cargó al caballo. Antes de amanecer regresó a la plaza de Pradera y nuevamente los cambió por otras riquezas y bienes. Le alcanzó para comprar una pequeña casa cerca de donde había pasado su borrosa niñez. Dionisio Guevara sentía que su vida se había solucionado y que cada noche se haría tan rico como quería. Sin revelar quién era, se empezó a rumorar en el pueblo que era un noble, alguien del gobierno, un terrateniente; que quien fuera que fuese, era demasiado rico.

Con el pasar de los meses, el poder de Dionisio Guevara fue aumentando, empezó a controlar gran parte de Pradera, por no decir toda. Sin embargo, nadie sabía cómo conseguía los escorpiones de oro. Tampoco se atrevían a interrogarlo, pues Dionisio se había vuelto receloso y precavido, de pocas palabras y malhumorado ante la insistencia o la curiosidad. Solo se sabían tres cosas: que los mercaderes recibían sus escorpiones de oro cada mañana, que los dueños de caballos le alquilaban uno ágil y resistente cada tarde, y que jamás soltaba su flauta de madera.

Se había cumplido un año desde que aquel oxidado bus lo dejó en medio del desierto y en aquella noche donde Dionisio encontró un regalo divino. Con la riqueza abundante que ahora ostentaba, sus visitas al desierto se habían hecho menos frecuentes, aunque igual de provechosas, pues siempre su caballo salía cargado de oro. La tarde en la que ese año se cumplía, decidió ir a pie al desierto, con cierto ánimo de conmemorar consigo mismo ese increíble descubrimiento. Se puso ropas andrajosas como esa misma vez, y con el objetivo de pasar desapercibido. Cuando hubo llegado, se sentó en una roca de buen tamaño. Contempló el basto espacio a su alrededor: la mitad era cielo atestado de estrellas centelleantes y la otra mitad de rocas y arena girando por el viento. Sacó la flauta de sus ropas, y empezó a tocar.

Los escorpiones, esta vez en menor número, iban apareciendo en un ritual ya tantas veces visto por Dionisio. Como vio que eran menos, prolongó su canción. No surgió efecto. Se detuvo, respiró un poco nervioso. Tocó la canción desde el principio con más energía, mientras el sudor le empezaba a emanar por los poros. Mientras Dionisio Guevara ejecutaba su canción, sin darse cuenta, un escorpión salió de la roca donde estaba sentado. Este, a diferencia de los otros escorpiones autómatas, se movía a su antojo, despacio y sigiloso. Además de eso, poseía otra diferencia sustancial: era de oro. Atraído por la música de la flauta, subió por la espalda de Dionisio con suma lentitud. Cuando el flautista ejecutó esa nota que los hacía transformarse, todos los escorpiones delante de sí se convirtieron en oro como él esperaba. Pero el que tenía en sus espaldas, dejó de brillar como el sol y se transformó en uno real y poderoso, negro y enfurecido. Aferrado a la ropa de Dionisio, ya cerca del cuello, clavó su aguijón en la carne de este. Cuando el flautista sintió el horrible pinchazo, cayó de rodillas, con lágrimas en los ojos; tal cual como la noche de hace un año. Esta vez, aterrorizado, quedando paralizado poco a poco, con la herida quemándole dolorosamente toda la piel, con su cara enterrada entre la arena resoplando con dificultad y ante sus ojos una última imagen: el sol apareciendo entre el lejano horizonte, haciendo brillar con sus primeros rayos los cuerpos dorados del ejército de escorpiones.

Me han referido los habitantes de Pradera que hoy día, algunos hombres de aquel pueblo, desdichados y sin más que perder, a veces emprenden un viaje al desierto, cargados de flautas y montando una docena de caballos. Esperan a que sea de noche, y cada uno toca con su flauta las canciones que sepa, todo su repertorio. Unos esperan que un ejército de escorpiones aparezca y se convierta en oro, arreglándoles así la vida; otros, más atrevidos, incluso sueñan con tocar su flauta y encontrar entre la arena un flautista convertido en oro.

FIN.

6 de noviembre de 2017.

Fotografía de cabecer tomada de: https://pxhere.com/en/photo/625417