Un sujeto sentado en el borde de su cama tocaba su guitarra mientras al frente de él, en esa misma habitación, pero en la ventana, su mujer lo retrataba en una escultura de venerables proporciones tocando su instrumento. Esta sencilla pero hermosa escena de hace varios siglos acontecida en un desconocido lugar, había sido plasmada en un modesto pero irreemplazable lienzo de un pintor también desconocido proveniente de algún pueblo europeo. Se sabe la existencia de este cuadro gracias a una fotografía que Dominic V. le tomó en un mercado de pulgas en uno de sus viajes al viejo continente (mercado que pocos días después fue destruido completamente por hordas invasoras). Lastimosamente Dominic V. padeció de esquizofrenia y poco antes de morir prendió fuego a todo su apartamento, donde se incineraron todas sus fotografías, incluida esta, y demás capturas históricas. Sé de esa fotografía porque él hace unas décadas me la mencionó, pero le resté importancia en su momento. Solo hoy, que le compré una guitarra a mi hijo, recuerdo ese papel impreso y me doy cuenta de la gravedad del asunto: acaba de morir el último hombre en la tierra que conoció el verdadero rostro de ese guitarrista y de esa escultora, y por eso mismo ellos acaban de morir para siempre, sus rostros han sido borrados como el mar borra nuestras huellas de la arena. Ahora están condenados a ser espejismos en nuestra frágil y débil memoria y no los artistas, con nombre y rostro propio, que fueron hace varios siglos.

FIN

Fotografía: Pintura “Hotel by a Railroad” de Edward Hopper.

05 de abril de 2017.