El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde es una novela corta escrita por Robert Louis Stevenson y publicada en 1886.

En esta historia, quien nos narra los hechos es el abogado Gabriel John Utterson. Toda la narración transcurre por las calles de Londres, siempre bañadas de neblina, humedad y un silencio abrumador. Cierta noche Utterson se halla caminando y hablando con un amigo, el cual le refiere una historia curiosa y violenta que sucedió justo en frente de una puerta por la que pasan. Es ahí cuando Utterson se empieza a interesar, noche tras noche, en la figura del hombre misterioso que protagonizó esa escandalosa historia: el señor Hyde. Mientras sigue ejerciendo sus labores de abogado, la curiosidad no lo deja en paz. ¿Quién es ese tal Hyde? Durante la historia, su íntimo amigo el doctor Jekyll se ve inmerso en dificultades que parecieran emocionales, humanas: desaparece, va y viene, se encierra en su laboratorio por días, se aleja de todo y luego reaparece renovado. Como un sabueso que va siguiendo pistas, Utterson empieza a averiguar quién es realmente el señor Hyde, y también halla ineludiblemente quién es el doctor Jekyll.

Ya en repetidas ocasiones la pluma de Stevenson fue elogiada por otro gigante universal como lo es Jorge Luis Borges. Esta obra no es la excepción. Stevenson nos arroja, en unas pocas páginas, de cabeza a un problema que puede entenderse desde diversos campos: psicológico, psiquiátrico, literario, filosófico; pareciera que en todos tiene cabida. Y no es para menos, pues se trata de la dualidad: dos sujetos atrapados en uno, queriendo tomar el control al mismo tiempo. Dentro del cuerpo del respetadísimo e ilustre doctor Jekyll explota de repente su otro yo, totalmente diferente, siendo el opuesto exacto: el malévolo señor Hyde. Stevenson en un lenguaje sencillo, en una narración fluida y concisa, con una descripción magistral de las situaciones tensas, nos deja parados en las calles de Londres o en el laboratorio donde transcurre todo, viendo las aterradoras transformaciones no solo físicas, sino humanas en su totalidad.

A continuación, no pretendo hacer un análisis de la condición humana basada en la novela ni disertar sobre ella, pues para ninguna me considero capaz. Simplemente hacer mención de aspectos que me parecieron importantes por la belleza de los conceptos que plantea Stevenson con la narración de una historia extraña y fantástica. (Pueden aparecer adelantos no deseados).

El cuerpo de Jekyll se convierte en una masa que cambia radicalmente cada noche al beber la pócima. Unas veces es el ciudadano correcto, pulcro y estudioso doctor Jekyll, cuya apariencia resulta agradable a la comunidad en general; otras veces es el repulsivo Hyde, cuya apariencia según varios personajes, es el de un ser de aspecto profundamente desagradable que sin embargo no resalta ningún defecto notorio, pero en el cual sí sobresale la maldad y las emociones humanas más bajas. Así es como Jekyll se va deshaciendo, se va rasgando por las manos peligrosas de Hyde y este sale al mundo para destrozarlo, para arrasar con todo a su paso sin el menor asomo de culpa. Es más, Hyde es un ser de insaciable sed de maldad. ¿Pero es realmente el doctor Jekyll un ser de comportamiento totalmente incólume e incorruptible? Quizás no, pues, aunque confiesa el terror que le producía pensar en que se convertiría en ese ser horrible llamado Hyde para siempre, con frecuencia lo invoca gracias a la pócima y una parte del doctor Jekyll disfruta saber que puede transformarse en Hyde y hacer cosas que ningún hombre con cordura haría, que ni él mismo haría siendo Jekyll, que puede entregarse de lleno a los más desagradables y prohibidos placeres sin la menor dubitación, incluido el asesinato.

Por eso mismo, en cierto fragmento de confesión del doctor Jekyll, cuando se debatía a quién elegir y con quién quedarse, se lee:

“Decidirme por  Jekyll era morir para aquellos apetitos que durante tanto tiempo había visto con indulgencia y que últimamente comenzaba a disfrutar verdaderamente. Hacerlo por Hyde significaba morir para mil intereses y aspiraciones y convertirme, de una vez y para siempre, en un ser despreciable y sin amigos. La alternativa puede parecer descompensada, pero había una consideración más  a tomar en cuenta: mientras Jekyll se atormentaría en el fuego de la abstinencia, Hyde ni siquiera tendría consciencia de todo lo que había perdido”. 

Aunque el doctor Harry Jekyll optó por seguir siendo él, debido a que le aterraba quedarse solo y ser despreciado por la sociedad, una zozobra es vista en él por abandonar a Hyde en ese instante. Sabía que el resto de su vida sería un día a día de abstinencia a cometer actos placenteros pero indebidos si seguía siendo él; pero que, si escogía a Hyde, siendo Hyde jamás extrañaría el tipo de vida de Jekyll, simplemente sería Edward Hyde, caminando por el mundo, despertando repulsión en todos y haciendo lo que le dé la gana sin remordimientos.

Así pues, tal como Jekyll y Hyde se debaten en un solo cuerpo por quedarse en este mundo y obrar como cada uno cree mejor, nosotros nos debatimos de la misma manera a diario. ¿Hacer el bien o hacer el mal? Teniendo presente que si se decide “hacer el mal” no se piensa en el mal como tal, sino simplemente se actúa sin medir las consecuencias, dejándonos ganar por el impulso y las emociones primitivas, saciando nuestra sed incontenible de pasarle por encima al mundo y no sentir empatía por nada ni nadie. O, por el contrario, ser abstemios a los placeres más bajos, y así tratando de obrar correctamente cada día. ¿Qué elegir?

¿Intentamos llevar la vida como el doctor Jekyll o nos dejamos llevar por los deseos de Hyde? Cada día en nuestro interior esta batalla se lleva a cabo y nunca termina. Por ahora, leamos esta imperdible obra maestra de Robert Louis Stevenson.

 Calificación: 8,5/10

30 de octubre de 2017.