Nicanor creía que lo que se fundía en el fuego renacía de otra forma. Un día quemó una página de la Odisea de Homero; al día siguiente Ulises golpeó su puerta preguntando hacía dónde quedaba su tierra anhelada Ítaca. Otra tarde, Nicanor quemó una página del Fausto de Goethe; a la tarde siguiente, mientras preparaba la cena, de una cortina de espeso humo salió Mefistófeles preguntándole si había visto a Fausto. Una noche, Nicanor quemó una página de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson. ¿Y adivinen qué? En la noche siguiente vio por la ventana cómo unos enfermeros arrastraban a Mr. Hyde mientras reía frenéticamente.

Nicanor, sin mucho a qué dedicarse en sus vacaciones, decidió escribir una autobiografía. En ella confesaba que no tenía muchas ganas de seguir viviendo ni razones para querer hacerlo; la única quizá era haber conocido durante su vida cientos de personajes literarios que le causaban admiración y fascinación, y algunos escritores a quienes leía religiosamente. Cuando hubo terminado de escribirla: lo hizo de nuevo. Pirómano indomable. Prendió un fósforo que abrasó el libro completo, y mientras este único ejemplar sobre su vida se reducía a cenizas, a la par Nicanor se iba desapareciendo. Cuando ambos se habían consumado y no quedaba nada de ninguno, Nicanor se vio por fin compartiendo en el mismo pequeño y ardiente mundo con los personajes que había dicho admirar y con los escritores que tanto amaba.

FIN.

14 de enero de 2017.

Fotografía de cabecera: Book Burning 2011 ©, by  J. Ronald Lee