Joaquín Cáceres se detuvo alarmado ante una escena extraña: una oveja caída en medio del camino. Corriendo llegó hasta el cuerpo inmóvil y flácido del pequeño rumiante que, luego de examinarlo, entendió que había muerto. En medio del silencio súbito que permea las tierras campestres, se quedó varios minutos pensativo; luego, escuchó el llanto de un corderito que gramaba tímidamente desde una yerba aledaña. Siguiendo aquel llanto lo encontró: sin dudas era el retoño de la oveja muerta en el camino que lamentaba a su madre desaparecida. Joaquín, viendo que por esos lares ninguna hacienda quedaba cerca sino solo la suya, se lo llevó.

 

El solitario y atento Cáceres, gran arador de tierra y cultivador de flores espinosas y atestadas de colores que hipnotizan, llevó en hombros al corderito hasta su casa. Mientras tanto, recordaba a su hijo pues había partido hace algunos años a un pueblo cercano justamente a criar ovinos, ya que se había cansado de las flores y de esas tierras sin vida aparente; partió prometiéndole a su padre visitarlo a finales de cada mes.

 

Unos días después de llegado el llorón animal, y de haberlo alimentado, abrigado y cuidado, Joaquín se empezó a sentir enfermo.  El mundo le daba vueltas, le picaban algunas zonas del cuerpo, sentía ganas de vomitar, cansancio tremendo e intensos dolores de cabeza. “Una simple gripa”, pensaba.

 

Dos días después, Joaquín Cáceres no podía ni pararse de la cama, tenía una tos abrumadora, ampollas que le necrosaban las extremidades y era dificultosa su respiración. La pequeña ovejita algunas veces al día se asomaba a la puerta a observar a su empeñado cuidador. Entró y se asomó y con el tiempo perdía el miedo y se acercaba cada vez más. Hasta que Joaquín murió. Unos días más tarde, la oveja con síntomas similares, también pereció.

 

Cuando su hijo decidió que era tiempo de ir a casa de su padre, se encontró con la escena triste y desoladora: los restos de Joaquín Cáceres en su cama y al pie de esta una oveja en la posición en que los perros cuidan a su dueño frente a los peligros y momentos más delicados. Luego que el hijo de Joaquín avisara al pueblo más cercano, los escasos médicos y veterinarios no pudieron dar un diagnóstico certero por el tiempo transcurrido desde ambos decesos. Había pasado tanto tiempo que nunca habrían podido saber la verdad: cuando Joaquín encontró esa oveja muerta en el camino, era porque esta había saltado desesperada de la carrosa donde su hijo las transportaba, y que junto a ella saltó el ternero siguiendo a su madre, luego de unas horas la oveja había muerto por carbunco. Tampoco hubiesen podido saber que en la lana del corderito también había esporas de la letal bacteria; que cuando Joaquín se llevó al corderito a su casa, por acariciarle la lana y estar cerca de él, sus heridas por cultivar rosas e inhalaciones frecuentes cerca de esa lana, habían atestado su cuerpo de la bacteria, y por ende, la del corderito también, llevándose a los dos, quizás, de regreso junto a la madre del ternero que yacía en medio del solitario, silencioso y empolvado camino.  El hijo de Joaquín, al final de cada mes, pone rosas de su jardín en la tumba de su padre y del corderito.

FIN.

 


Imagen de Cabecera: Fotografía tomada de http://www.laopiniondezamora.es/comarcas/2016/04/05/medio-ambiente-reconoce-aporte-cadaveres/915898.html