I

Era el único piano en todo el pueblo. Hermann Koffman no lo tocaba con frecuencia, sino algo así como una vez al mes, cuando le venía en gana. Pero cada vez que lo hacía sonar, más de un curioso se acercaba a la ventana de la casa del exiliado alemán, para escuchar mejor aquél sonido que jamás pudo haber siquiera imaginado, para quedarse allí hipnotizado por esas melodías que rayaban entre la tibia melancolía y un recuerdo brumoso. Era un instrumento realmente mágico que, sin embargo, nadie había visto jamás; tan misterioso era como su propietario, que llevaba allí cinco décadas viviendo, luego de que sus dueños originales, en la ruina, se vieran forzados a vender la propiedad. Allí pasaba encerrado día tras día, salía solamente a comprar algunos víveres y a recibir paquetes grandes que traían los mensajeros; no hablaba con nadie, y nadie se atrevía a mirarle a los ojos, con temor de perturbar esa tensa calma que se había instalado por inercia en el poblado.

Ni el cielo en sus días más tormentosos tenía el color plomizo que se imprimía en las calles del lugar. Tan parco, tan aburrido era todo… hasta que los dedos de Koffman, delgados y fríos, empezaban a oprimir cada tecla con una maestría innegable, por lo general, cuando el sol estaba a punto de esconderse. Pero en una de esas tardes, esa levedad del aire se volvió pesada, metálica incluso, cuando algo, allí adentro de esa espantosa casa, hizo parar la ejecución musical de golpe, y las bellas melodías se convirtieron en un crujido desafinado, en un chirrido espantoso. Todos huyeron atemorizados.

La noche del incidente, a Koffman, habiendo quedado tenso e inquieto por la interrupción abrupta de su ejecución, le fue difícil poder dormir. El silencio y la oscuridad reinaban en su hogar. En aquel sueño, de repente, se levantaba la tapa de su piano y las teclas se empezaban a tocar solas. Un frío recorrió su cuerpo y, lleno de pánico, abrió los ojos como un rayo y miró instantáneamente hacia su instrumento. Sentía que su propio piano le lanzaba una mirada directa y amenazante, al tiempo que profería una música llena de angustia, tensión y zozobra. Koffman, devolviéndole una mirada acongojada, dijo:

― Tantos años en paz, hasta hoy… Y este frío, otra vez.

Levantándose, cerró la tapa con una fuerza increíble, y se recostó sobre el piano, entre sollozos y lamentos. Se quedó dormido. Luego de eso, el silencio, semanas de silencio.

II

Además del silencio, el viejo señor Hermann duró semanas sin salir ni recibir a los mensajeros. Algo grave está pasando ahí adentro, murmuraba la gente. Lo creyeron muerto unos; algunos dijeron que se había ido; y otros pensaron que ahí seguía, como un animal asustado en su corral. Estos últimos estaban en lo cierto. Ahí seguía, encarcelado en su propia casa y convicto de sus propios miedos. Se quedaba dormido (quizás desmayado) en cualquier parte de su casa ahora, luego de dar vueltas y más vueltas, sin dejar de mirar su piano. Una mañana fresca se despertó en el suelo, y llenándose de un aire valeroso, se puso de pie, abrió la tapa del piano, se sentó y ejecutó una de las obras más bellas que habían salido por obra de sus dedos y gracia de su ingenio. La gente llegó corriendo a su ventana de nuevo, e incrédula, se quedó oyendo una música que jamás antes había escuchado, tan diferente, tan valiente a la que solía escuchar.

Luego de veinte minutos de ejecución y un final magnífico, el silencio regresó, pero esta vez no tenía perfume sombrío, sino un aroma de calma. La gente regresó a sus tareas y allí adentro, en esa casa resquebrajada y sucia, el piano era cerrado, y el alemán se recostaba en su cama, creyendo que había puesto fin a lo que apenas comenzaba.

Se dejó invadir de tranquilidad y su instrumento, fiel compañero, aprovechó esto. Koffman había adquirido un sueño tan pesado que no se percataba de nada de lo que sucedía en su entorno. Y nuevamente, noche tras noche, aquél instrumento se abría y tocaba  melodías diferentes, coloridas, similares a las que su dueño tocó esa mañana fresca, y la gente cada vez más numerosa se agolpaba fuera de su morada. Y así pasaron semanas de conciertos a sus espaldas. Él, creyendo que por fin podía descansar merecidamente; su piano, profiriendo música, como si hubiera cobrado vida propia; y la gente, acostumbrándose a esos conciertos y queriendo cada vez más.

Cuando la muchedumbre se aferra a algo que por semanas le fue dado sin nada a cambio, difícilmente querrá soltarlo. Se adhiere como una garrapata y no para de succionar. Y ese algo, era la música del piano de Hermann Koffman, que por fin los llenaba de lo que siempre carecieron. Una noche, a Koffman una pesadilla lo despertó de golpe, y cuando miró alrededor, se dio cuenta de la multitud enorme que estaba afuera escuchando a su piano que no paraba de sonar. Este, como si se tratase de un humano, al escuchar el sonido de los pasos de su dueño, dejó de sonar y se cerró.

III

La gente no aceptó tal imposición. Pasadas algunas horas, empezaron a tocar la puerta de Koffman, y este al no responder, se vieron obligados a lanzarle cosas a la puerta, luego a gritarle improperios y exigencias, y lo peor vino cuando empezaron a quebrar los vidrios de sus ventanas. Querían su música a como diera lugar. Adentro, el pobre se volvía loco, realmente loco. Gritos, silbidos, improperios, vidrios rotos, golpes a la puerta, una multitud reclamando lo que era de ellos, y su maldito piano mirándolo burlonamente. Sin más, Hermann le prendió fuego a su instrumento. La gente vio una incandescencia salir a borbotones por las paredes, las ventanas; las columnas y muebles de madera carbonizándose; la casa entera viniéndose abajo; todo en cuestión de segundos. Cuando el fuego había cesado y sólo quedaban cenizas de esa vieja casa, las personas, reaccionando tardía e hipócritamente, entre lágrimas, gritos y lamentos por sus abusos y absurdo comportamiento, se acercaron a remover los escombros. Se encontraron con el piano que seguía ahí, intacto. Se dejaba ver por primera vez a los ojos de todos. Cuando este levantó su tapa y empezó a sonar, detuvieron su tarea de limpieza y se quedaron allí, escuchando. Se sentaron hipnotizados alrededor del piano. Era una muchedumbre dejándose llevar por las melodías de aquel piano que había sobrevivido al fuego porque quizá, como pensó Koffman en el último instante de vida, había sido fabricado en el infierno.

FIN.

15 de septiembre de 2016.

Fotografía de cabecera tomada de  https://goo.gl/rkK9Db