(Leer escuchando de fondo “Diana Triste”, de Luis A. Calvo)

En aquel pueblo, todas las paredes de las casas reflejaban el color naranja de la tarde cuando se está terminando de quemar, volviéndose una noche cenicienta. El calor perdía sus fuerzas y el aire no era más que una brisa frágil. La gente en sus hamacas se bamboleaba con suavidad y lentitud, mientras un vago silencio suspiraba el fin del día.

—Vuelva más tardecito, Don Juan. Ya no debe demorar.
—Bueno, luego vengo. Si la ve, dígale que la ando buscando.
—Yo le digo, tranquilo, vaya y descanse.

Había pasado una hora sin noticias ni sorpresas, y Don Juan, con toda la paciencia del mundo, recorría las calles con la mirada clavada en las piedras que sus pies iban tocando en cada paso, levantando la cabeza de vez en cuando para ver quién andaba por ahí. Uno que otro personaje le alzaba la cabeza con un ademán enérgico, saludándolo. La tarde se extinguió por fin, con la abrasadora lentitud que solo tiene el sol; se abrió paso a la oscuridad que todo se lo traga, que obliga a cada persona a cerrar los ojos para envolverse en su penumbra personal y solitaria, que al fin y al cabo es menos tenebrosa que la del propio mundo. Al otro día, bien temprano, a la hora que el primer café hierve, los hornos calientan el pan y los gallos cantan, Don Juan fue otra vez.

— Buenos días, doña. ¿Cómo me le va?
— Ahí vamos, Don Juan, andando lento pero seguro.
— Desde que no se detenga está bien. Dígame, ¿nada aún?
— No, la verdad no… Pero seguro que hoy sí es.
— Eso espero.
— ¿Ya desayunó?
— Sí, gracias. Me voy a sentar un rato, espero no incomodar.
— Tranquilo, esta es su casa.

Don Juan pasó un rato mirando las copas de los árboles tambaleantes cuyo bamboleo refresca todo alrededor. La gente empezó a llegar a la tienda, así que decidió marcharse. Sobre las montañas que lo rodeaban, las nubes proyectaban su sombra formando figuras. Ovejas, hocicos de perro, picos de pájaros, olas y más olas de un mar que nunca conoció y al que siempre antaño se prometió visitar. Don Juan, a diferencia de la demás gente, le parecía que cada nube decía algo único cada día. Y todos estamos bajo el mismo cielo.

— Ya lleva muchos años así, ¿será que nunca se dará cuenta?
— No creo. Pero desde que no sea infeliz ni se haga daño…
— Pero esperar a alguien que no llega, todos los días, lo hace a uno un miserable.
— Lo único “miserable” en él es su maldad. No tiene un gramo.
— El golpe fue tan duro que lo volvió otro.
— No, no. No es otro, sólo lo noqueó. Aunque de por vida.
— Solo espero que el cielo se lo compense bien.
— Eso es un amor muy grande.
— Yo creo que el amor es una palabra muy cortica para explicar lo que tiene allí, en su corazón.

Y así pasaron años, cada uno interpretando el mismo libreto y diciendo los mismos diálogos. Unos con su Ah, qué bueno verlo Don Juan. Otros con su Ah, pobre señor Juan. Con su paso lento, su sonrisa tímida y sus ojos cristalinos rompía corazones que se inundaban de ternura al verlo, y otros que se quebraban de lástima e impotencia. No importaban ni los unos ni los otros. Cada día Juan se levantaba temprano a preguntar si había regresado aquella, a quien el incomprensible tiempo y el crudo mundo le habían arrancado de sus brazos para siempre. Y su cabeza jamás comprendió ni supo asimilar que se había ido, ni su cuerpo resistió el embate de perder su otra mitad. Pero así había sido, su Diana se marchó cual Ofelia en el frío espejo líquido, cerrando sus ojos con la tranquilidad del agua en que se hunde.

La gente sólo sabía darle una esperanza cada mañana, que fuera suficiente para sobrellevar las eternas tardes calurosas y melancólicas, y las tristes noches densas y solitarias; y así por años, muchos años.

La evocación de Don Juan le brindó una tremenda tenacidad ante la idea de la muerte hasta que, por fin, pudo volverla a ver. A su Diana. La volvió a ver cuando su vida estaba próxima a extinguirse como el sol que durante décadas vio caer —aunque para él cada caída de esa estrella incendiándose, era única, siempre diferente a la anterior—, la volvió a ver cuando su vida se apagaba, como la vela que soplaba cada noche sin falta antes de meterse bajo las cobijas. Fue allí, durante un leve soplo de madrugada, donde sintió el enriquecedor aroma y el calor de Diana recostándose a su lado. Sintió a Diana posándose sobre él como un colibrí se posa en cada flor, pendulante y frágil. Sintió a Diana poniendo la cabeza en su pecho para cerrar los ojos y dormir juntos, como Juan siempre creyó fervorosamente que había sido, como siempre debió ser.

FIN.

10 de abril de 2014.