Había leído y escrito tanto que en su habitación las víctimas de sus lecturas y anotaciones tapaban todo el suelo, no había por dónde andar entre ese reguero. Aún así había algo que no concordaba, no se sentía cómodo, se sentía incompleto y que nada de lo leído lo complacía ni de lo escrito lo satisfacía; su vida se extinguía a medida que el reloj de arena que rige la vida seguía dejando caer sus granos de arena,  y algo desconocido y secreto le aconsejaba apresurarse.

Una tarde, cuando las paredes de las casas vecinas se dejaban bañar por el naranja del sol poniente, salió a caminar queriéndose dar un respiro y un nuevo aire. Fue al único parque que había por esos lares, y se sentó en una banca de madera; desde allí vio el fin del día. Pasados varios minutos, cuando la oscuridad y el frío se empezaban a pronunciar, inesperadamente sintió sobre su mano otra mano, con la piel tan llena de caminos, asperezas y huellas como la de él. Al girar la cabeza, vio un rostro femenino poco reconocible, una imagen tan borrosa como los reflejos que flotan en el agua turbia. Recordando sus lecturas de las proezas de los caballeros y los conquistadores de la historia, que se abalanzaban con libertad para romper eso que llaman miedo, cerró los ojos y empezó a sentir sobre su rostro aquella mirada acercándose despacio, y aquella boca, ya tan cerca de la suya, pronunciando luego de una vida sin poder hacerlo como él quería, una palabra que era la pieza que no encajaba y que hacía falta, la palabra: fin.

FIN.

29 de abril de 2014.


Fotografía de cabecera: Monguí, Boyacá, 2016. Autor: Andrés Cuéllar.