Sin duda el enorme Céngaro era temido por todo aquél que osara llamarse contrincante suyo. Ya fuese por la impresión que daba su macizo, cicatrizado y fuerte cuerpo, por su rostro pálido y su mirada oscura, o por su falta de compasión a la hora del combate. El número de seres humanos que perecieron bajo su espada es desconocido, y el dolor que éstos padecieron, indeseable.

Cierta noche, en tiempos donde las batallas habían cesado considerablemente, entre desorden, ruido y confusión, un encorvado y canoso anciano caminó entre los ebrios y las prostitutas, hasta dar con el ruin guerrero. Cuando se halló a espaldas de él, levantó su bastón y le asestó un palazo en las costillas. La algarabía se suspendió de golpe, y Céngaro giró enfurecido. Cuando vio que el débil viejo había sido su atacante, soltó una carcajada y le ordenó marcharse si no quería arrepentirse y padecer bajo sus brutales manos. El anciano, sin vacilar, le advirtió:

— Hace dos años, luego de una batalla, hacia el norte, cerca del Río Fánides, hallé el cadáver de mi hijo Cire. Luego de inquirir a numerosos cultivadores aledaños, conjugué los relatos y armé el rompecabezas que me mostraba quién fue su verdugo, y de paso, supe la tortuosa manera en que fue asesinado él junto a muchos más. No dudes, temido Céngaro, que mi venganza será aún peor que el dolor que le causaste a mi joven hijo.

— En combate y bajo mis poderosas manos han caído muchos, viejo, no sé quién fue tu hijo. Más te vale marcharte, si no querrás perecer como él, con el cuerpo lleno de…

Y antes que el portentoso guerrero terminara de hablar, el anciano le atacó con su bastón hiriéndole gravemente el ojo derecho. La cólera se apoderó del guerrero que se abalanzó sobre su marchito atacante, y le dio una muerte tal que pocos se quedaron a presenciarlo. Luego de haber culminado el siniestro, exhausto, se marchó a dormir.

Los sueños ulteriores que tuvo Céngaro fueron de una rareza tal, que con frecuencia despertaba asustado y de golpe, el cual era un comportamiento extraño en él. Con el paso de los días todo se tornó peor. Sucesos anormales fueron apareciendo ante él día a día, los cuales le afectaron abruptamente. El agua que bebía le sabía a sangre, escuchaba lamentos debajo de su lecho, la piel de los otros mortales le quemaba al tocarlos, sus manos entorpecieron y temblaban, su fuerza se esfumaba, sus horas de descanso cada vez fueron menores, su visión se tornaba borrosa, su cuerpo padecía inmensos escalofríos, su sombra se multiplicaba en varias sumiéndolo en inacabables penumbras.

Una noche, luego de terminada la pesadilla más cruda que había soñado jamás, continuó con los ojos cerrados un buen rato. Cuando los abrió, a centímetros de su rostro estaba el anciano, mirándole fijamente; este fue retrocedienso hasta que se perdió en la penumbra. Céngaro, al incorporarse trémulo, se encontró rodeado de un ejército de sombras cuyo número era similar al de los solados a los que dio muerte; deteniéndose, todas éstas en un coro lleno de ecos, le dijeron “Es nuestro turno”.

Al amanecer, unos solados encontraron a Céngaro frío, tieso, en cuya cara se dibujaba el más crudo gesto de dolor.

FIN.

10 de septiembre de 2013.

Fotografía de cabeceraEl galo moribundo, estatua romana en mármol.