—Pobrecito—, dicen.

Luego de quitarme la camisa empapada de agua y manchada con sangre del niño y ponerme otra camisa limpia, entro, me quito el sombrero. Y esa es la única palabra que se oye en ese cuarto inundado de un calor infernal. Esa palabra resulta ser el único intento, tímido, que rompe el incómodo silencio. Esa palabra que al pronunciarse tiene aroma de consuelo pero sabor a lástima. Y el niño, postrado en su cama, tan inocente y ajeno a los males que por ese pueblo se cometen a diario, oye también esa palabra.

Todos lo están mirando. Todos ellos, que pudieron tenderle la mano para sacarlo de la miseria y la enfermedad en reiteradas ocasiones, pero que ahora les parece suficiente y se conforman con estar ahí, listos, para decirle adiós, el último adiós. Ahí están todos a quienes se les lee en los ojos el falso deseo de que el muchacho no padezca más, porque al fin y al cabo nunca les importó. Y él, que los ve aunque tenga los ojos cerrados y los párpados morados, los labios resecos donde se dibuja inexplicablemente una sonrisa, la herida en el costado que no deja de sangrar, la piel pálida como las sábanas que lo arropan, y su pecho respirando pausadamente, se prepara para su destino.

A su madre no se le ve el rostro; lo tiene todo oculto junto a su hijo. Se le oye llorar, inhalar los mocos, aclarar la garganta, dar suspiros infrahumanos y decir “Sólo jugaba en el río, sólo quería jugar”. Sus manos se aferran con toda la fuerza a las sábanas porque siente que la realidad se la traga viva, que la tiene a merced de las fauces del dolor. La agonía ha sido extensa.

Pasan las horas. Muchos ya se han ido a sus casas, quedan unos pocos allí, expectantes. Durante toda la noche expectantes.

Cuando es de madrugada, regresan todos nuevamente; han mandado llamar al cura. Ahora el frío es déspota, nadie se salva de tiritar. Con una suave caricia en la espalda de la madre, cada uno le anuncia la sentencia fatal que se avecina y le dan un poco de aliento al mismo tiempo.

Empieza a salir el sol. Son estos segundos en que se filtran algunos rayos por entre las copas de los árboles y forman figuras en la tierra, son estos instantes en que el calor empieza a bañar la piel de manera reconfortante, son estos momentos en que los gallos cantan y el perfume del campo florece. Justo aquí, ahora mismo, es cuando se dan cuenta que el niño deja de respirar y la serenidad puebla su rostro. Yo, entre labios, y sintiéndome derribado por dentro, sólo le puedo susurrar “Hasta pronto”. A los demás, no les queda de otra que desempolvar esa misma palabra con que ya habían abarrotado cada rincón del cuarto desde que llegué, para luego marcharse y dejarle el resto de la pena y el dolor a la madre, al cura, y a mí, y así poder seguir sus vidas igual que antes.

—Pobrecito—, dicen.

 

*Imagen: El niño enfermo, 1886. Arturo Michelena.