Era la noche del debut del tímido Iván García en los escenarios de un teatro en el centro de la ciudad, conocido por su fachada con forma circular hecha de vidrios. Tras las bambalinas esperaba con enormes ansías salir y dejar un recuerdo imborrable a los espectadores sobre su actuación. Pasados los primeros veinte minutos de la representación, se aceraba el momento de su entrada para descrestar a todos. Cuando faltaban cinco segundos para su entrada, cerró los ojos, se aireó de valor y abordó las tablas con ímpetu.

Cada palabra que recitó fue tan clara como la luz que bañaba su rostro; cada movimiento corporal tan delicado como el traje que llevaba y tan enérgico como la música que lo acompañaba; cada gesticulación fue tan precisa que logró acariciar la tristeza y la alegría alternada y melódicamente. Aun en el momento en que debía salir, al cruzar el umbral que separaba escenario de los vestidores, conservaba su personaje; sentía que por sus venas corría la sangre de aquél, que por su garganta salía otra voz, que su mirada apuntaba a otras direcciones a las que solía apuntar Iván García.

La obra culminó con él, solo y de pie y en el centro, cansado pero entusiasmado según se revelaba en su acelerada respiración. El Director minutos después le reclamaría por haber dejado escapar unas lágrimas al final, siendo que eso no estaba planeado. Iván sólo respondió “Fue inevitable”. Esas lágrimas no fueron por nada. Ese final, vislumbrando a ese público que pensó que asistiría pero que no fue, dándose cuenta que todas las sillas estaban vacías, teniendo que imaginar que todos se ponían de pie en medio de la oscuridad para dejar sus manos rojas de tanto aplaudir, teniendo que recordar las muchas veces que sus padres le advirtieron que había elegido el camino equivocado, fue el final más inesperado y hostil para él.

FIN.