Uno. Uno solo. Un solo disparo. Un solo disparo bastó. Un solo disparo bastó y lo quebró. Un solo disparo bastó y lo quebró todo. Todo lo quebró. Todo lo quebró y bastó. Todo lo quebró y bastó un disparo. Un solo disparo. Uno solo. Uno.

El disparo perpetró el frágil silencio de la noche; violó la calma de todos los vecinos cansados que esperan tener en la madrugada, un poco, aunque sea un poco de esa calma que les permita conciliar el sueño; le dejó a sus oyentes los corazones en las gargantas, a todo galope, al borde del infarto; alteró a los perros que empezaron a ladrar y no pararon en varios minutos; invocó ambulancias que, sin embargo, se dirigían a lugares distintos; abrió ojos a diestra y siniestra, dejándolos impávidos mirando al techo; dejó bebes sollozando mientras sus padres los buscaban con pasos pesados para ir a mimarlos y calmarlos; dejó algunos trasnochados estudiantes mirando hacia el vacío; llamó a varios impertinentes a asomar las narices tímidamente por un resquicio de sus cortinas.  Mientras tanto, la sangre caía a gotas por el centro de la calle. Mientras tanto, el arma humeante y caliente entre unas manos trémulas se alejaba apresurada perdiéndose en penumbras. Mientras tanto, la ciudad dormía indiferente. Mientras tanto, el irrefrenable tiempo traía a empujones poco a poco al amanecer, y cuando este por fin aparecía, ante los ojos incrédulos y aterrorizados de todos los vecinos, la fresca luz de las 6am dejó ver el cuerpo sobre el pavimento, ya tan frío e inmóvil como ellos.

Uno. Uno más para unos, uno menos para otros. Pero uno.

22 de agosto de 2013.